La segunda confesión de Escobar a ‘Popeye’

24 sep

 

por MAURICIO ARANGUREN

–Yo convertí a mis hombres en escoltas oficiales y cuando me paraban en un control policial, mostraba mi credencial de parlamentario y no tenía ningún inconveniente. Viajé en comisiones del Congreso al exterior. En una oportunidad fuimos a España con mis compañeros legisladores y nos entrevistamos en el hotel Palace de Madrid con el entonces jefe del gobierno español, Felipe González. Eso fue el día de su histórica posesión, se acababa la dictadura franquista, el triunfo del Partido Socialista fue arrollador.

En el Congreso me codeaba con la rancia clase política del país y así pude conocerlos mucho mejor. Les encantaba mi plata, pero no les gustaba yo. Esa era la ecuación. Me miraron siempre de reojo. En una discoteca y bajo los efectos del licor, dos congresistas me pidieron que les regalara polvito blanco, se querían meter un pase de coca en la mesa. Yo me emputé. Usted sabe que a mí no me gusta consumirla, entonces exclamé: ¡nunca, en mi vida, he visto un gramo de cocaína! Pablo me miró a los ojos y sonrió con sarcasmo, luego continuo su relato.

–Estaba tan concentrado que no me atreví a interrumpirlo de nuevo.

Por esa época la DEA abordó a Luis Carlos Galán y lo comprometió para que me atacara sin contemplación y me sacara del congreso. Pero ignoraban que la política y los políticos no sólo permanecen en el congreso, ellos están donde hay billete. Y eso era lo que sobraba en la calle, donde mando yo. Hay que reconocer que dentro del Congreso yo siempre fui vulnerable. El Ministro de Justicia buscó en mi pasado y encontró un pretexto para la emboscada. El siete de junio de 1983 el juez décimo superior de Medellín le pidió a la Cámara de Representantes que me levantara la inmunidad por mi posible vinculación en el asesinato de los agentes del DAS Fernando Vasco y Gilberto de Jesús Hernández.

–Huy ‘Patrón’, ahora sí me perdí. ¿Esos dos agentes del DAS de dónde salieron y por qué aparecen en el cuento?

–Hombe, Popeye, aparecen porque fue mi primera caída ‘traquetiando’. Son importantes en esta historia porque fueron los únicos policías que lograron meterme a una cárcel con las pruebas necesarias. Mis únicos antecedentes penales hasta hoy vienen de esa captura. El 16 de junio de 1976 venía de Pasto con mi primo Gustavo Gaviria. Traíamos 39 libras de pasta de coca dentro de la llanta de repuesto de un camión. El informe policial decía que era coca, pero en realidad era sólo la base, pasta, que traíamos para procesarla en un laboratorio creado por nosotros en Envigado.

En esa época no había una sola mata de coca sembrada en Colombia, la materia prima tocaba traerla de Perú y Bolivia. Los detectives del DAS, nos cayeron al lugar y no hubo tiempo de escaparnos, nunca supe cómo se enteraron, el hecho es que nos pescaron con la mercancía en la mano. Tratamos de sobornarlos, pero los muy honestos no quisieron plata. Nos llevaron a la cárcel de Pasto, la frontera con Ecuador, porque el camión tenía placas de allí. Recuerdo que a la hora de la reseña policial sonreí. Es una de las fotos que más quiero.

–¿Y sabe por qué, Popeye? –me preguntó eufórico.

–No ‘Patrón’, ni idea –le contesté.

– Porque todo bandido tiene que pasar un tiempo en prisión para tener la escuela completa. Podríamos decir que esa foto es la de mi graduación –dijo Pablo y soltó una carcajada inusual. Yo lo acompañé sin reparo.

–Jefe, ¿y cuánto tiempo estuvo usted en la ‘cana’?

–Fueron en total tres meses y cuatro días, la mayoría en Pasto. El 10 de septiembre de 1976 logramos que el juez revocara el auto de detención y de nuevo a la calle. De ahí en adelante cambiamos los métodos. Habíamos comenzado trayendo 5 kilitos de pasta de coca en un Renault 4, después en camión y, ya al final, llenábamos una avioneta Cessna. Al salir de la cárcel, me dediqué a ampliar el negocio. Yo estaba muy ocupado como para vengarme de los dos agentes del DAS. Sin embargo ellos fueron los que nos buscaron otra vez. Nos sacaron de Envigado y en un monte desolado entre Medellín y Santa Fe de Antioquia nos hicieron arrodillar. Los hijueputas nos amenazaban: “los vamos a pelar, par de ratas“.

Yo sabía que estaban ardidos porque logramos salir libres y ahora lo único que querían era billete. Logré que se tranzaran, mi primo se quedó de garantía y yo regresé con un millón de pesos. Los detectives cometieron el peor error de sus vidas: dejarnos vivos. De ahí en adelante yo sólo pensaba en matar a esos dos, no solo por policías o detectives, también por sapos y, sobre todo, por tránsfugas. El 30 de marzo de 1977, a las 11.30 p.m., los dos detectives salieron ebrios del bar la Toscana y se montaron en un Dogde Dart azul. Tomaron la avenida Peldar para luego ingresar a la autopista sur rumbo Itagüí. Nosotros los perseguíamos en un Simca rojo, Gustavo conducía y yo a su lado ya tenía lista mi pistola Browning calibre 9 milímetros. Cuando los detectives tomaron la oreja del puente del pan de queso, emparejamos los carros y, de carro a carro y sin dudarlo, les descargue el proveedor completo. Esos dos fueron los dos primeros oficiales que yo maté. Ahí pagaron el operativo donde nos empapelaron, los tres meses de la fría prisión en Pasto y el susto que nos metieron cuando casi nos matan en la loma El Pajarito.

–Ahora lo entiendo todo, ‘Patrón’. Si esos dos agentes del DAS no se hubieran aparecido, el ministro de justicia Rodrigo Lara Bonilla no hubiera encontrado un argumento sólido para acusarlo en público –le dije.

–Así es –repuso. Para que se dé cuenta hombre, “Pope”, cómo la justicia sirve a los intereses de quien la controla, no a los de la justicia en sí misma. En derecho yo fui absuelto por lo del cargamento de pasta de coca y sobre el crimen de los dos agentes no existía ninguna prueba judicial. Pero me querían joder a como diera lugar y así fue como comenzaron a salir los fallos judiciales amañados. Enseñado a pelear mis causas y ya con un proceso judicial en curso, me enfrenté al ministro con sus mismos métodos.

Escarbé en su pasado y encontré que a él le habían girado dineros calientes, presenté la fotocopia de un cheque por un millón de pesos que le fue girado por el narcotraficante Evaristo Porras al escudero de Galán. Ahí pude probar que los dineros calientes no sólo los hacía circular yo. Hasta los políticos que se decían los más honestos también estaban untados. Lara Bonilla esquivó la cuestión del cheque y le dio un manejó político intensificando sus acusaciones en mi contra, no me bajaba de asesino y narcotraficante. La prensa sabía que el cheque era verdadero pero, con el apoyo de los gringos y Luis Carlos Galán, le bajaron el perfil al asunto para proteger la imagen del hombre que me había desafiado en público. Pero el debate en mi contra ya se había prendido en el congreso y en los medios de comunicación de todo el país.

–‘Patrón’, ¿a pesar del proceso judicial iniciado, usted pudo seguir en el congreso? –le pregunté.

–Sí, la investigación no implicaba condena; todavía conservaba la inmunidad parlamentaria. Recuerdo que una vez le dije a Lara que si me acusaba de narcotraficante debía mostrar las pruebas o de lo contrario todo era mentira, un montaje político para perjudicarme. El reto lo frenó unos días pero después regresó mucho más arrogante y viceral. Para apoyarlo, el 7de septiembre del año de 1983 Estados Unidos me canceló la visa de turista parlamentario y la DEA me señaló por primera vez como un poderoso narcotraficante cuya red ya había sido identificada por la agencia antidrogas.

Desde que comenzó con sus ataques, Lara Bonilla no descansó, eso era golpe tras golpe. El 23 de septiembre del mismo año, el Ministerio de Justicia me dio con todo: el juez décimo superior de Medellín, amangualado con Lara, profirió un auto de detención en mi contra y además metieron a mi primo Gustavo Gaviria en el baile. Nos acusaron formalmente como los responsables de la muerte de los agentes del DAS.

Un mes después, cuando yo de manera ingenua trataba de defenderme políticamente con la asesoría de Santofimio, el juzgado primero superior de Medellín dictó una orden de captura a mi nombre. No me podían detener por la inmunidad parlamentaria, pero Lara Bonilla y Galán ya me tenían listo el jaque mate político. La masacre parlamentaria en mi contra ocurrió el 26 de octubre de 1983. La plenaria de la Cámara de Representantes, actuando influenciada por Galán y los gringos, me levantó la inmunidad parlamentaria.

 

Hasta ahí llegue yo, el mismo día que decidí escribir mi carta de retiro del ámbito político de Colombia me tocó entrar en una ‘semiclandestinidad’ y, por mi proceso judicial, pasé de parlamentario a bandido. Ese día también decidí iniciar mi venganza en contra de todos los que me jodieron.

Opté por matar al ministro Rodrigo Lara Bonilla porque era el más arrogante y a la vez el más vulnerable. En su terreno me había derrotado, pero en mi terreno, en la calle, tenía todas las de perder. Mandé a ‘Pinina’, al ‘Chopo‘ y a ‘Otto’ para hacerle inteligencia al ministro en la capital de la república.

Mientras mi gente ubicaba la rutina del ministro y los movimientos de su escolta. Lara Bonilla seguía persiguiéndome. El 17 de noviembre de 1983 el Inderena me impuso una multa de 450 mil pesos por la importación ilegal de animales para mi zoológico en la Hacienda Nápoles. Después el Tribunal Superior de Aduanas se atrevió a ordenar el remate de mis animales.

Yo, por intermedio de una tercera persona, compré el remate, y el zoológico que había salido por una puerta entró por otra. Mientras, yo trataba de sostener mi posición sin tener que entrar en una ola de violencia. El ocho de marzo de 1984, la policía antinarcóticos descubrió los complejos de laboratorios para el procesamiento de la pasta de coca, Tranquilandia y Villacoca, en las selvas del Yarí, en el departamento de Caquetá.

La Policía al mando del coronel Jaime Ramírez y bajo el control del ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla, atacó la más grande fábrica de coca de la historia del narcotráfico. El complejo cocalero era gigante, tenía dos pistas para los aviones destinados a mover insumos, personal, pasta de coca y finalmente la cocaína lista para el consumo. De ahí fletábamos jets con hasta veinte toneladas de perico. Mandábamos caravanas de aviones a los Estados Unidos. Los mismos aviones que transportaban la droga traían los dólares de regreso. La plata se pesaba, era tanta que contarla resultaba casi imposible.

Me destruyeron cuarenta laboratorios y me detuvieron 44 personas. Más de 250 personas huyeron selva adentro buscando el río Yarí, llevando consigo más de quince toneladas de cocaína a cuestas. Me decomisaron 17 toneladas de coca listas para su exportación, me quitaron cinco aviones y las imágenes de Tranquilandia y Villacoca le dieron la vuelta al mundo. Pude salvar algunas aeronaves sacándolas rápidamente a Perú, Ecuador, Bolivia , así como a países de Centro América.

En menos de cinco años yo había montado toda una ciudadela en el corazón de la selva y me tocó abandonarla. El ministro lo mostró como su gran triunfo, y compartió las flores con la policía y la DEA. Lara Bonilla nunca se imaginó qué tan cara le iba a salir esa pírrica victoria a él y al país. ¡Me casaron una guerra a muerte y el Estado no estaba preparado para enfrentarme!

Yo asimilé el golpe de Tranquilandia, reacomodé mis fichas, monté nuevos laboratorios, delegué funciones y la cocaína siguió llegando a Estados Unidos como siempre. Después de reorganizarme, di la orden de matar al Ministro. Yo sabía que podía ser peor el remedio que la enfermedad, pero ya me habían toreado y yo siempre voy de frente. Así se lo dije a Santofimio cuando hablamos del tema.

Me reuní con el comando ejecutor y entre las muchas formas que se idearon para “pelar” a Lara Bonilla estuvo la de dispararle ráfagas de fusil desde una ambulancia. Yo iba a utilizar el método que fuera necesario. De que se moría, se moría. ‘Pinina’ fue al barrio Campo Valdés, contrató a Bairon Velásquez, apodado ‘Quesito’, y a Iván Darío Guisado. El primero, un pelao diestro en el manejo de motocicletas, el segundo un avezado asesino. Los mandé junto a ‘Pinina’ para Bogotá con una moto D.T 175 Yamaha y una ametralladora Atlanta calibre 45.

El Ministro era custodiado por el DAS, pero su carro oficial no era blindado, ese era su talón de Aquiles y el de la mayoría de los que hemos ejecutado. La familia de Lara Bonilla lo presionaba para que abandonara el país. El Ministro estaba listo para asilarse, temía seriamente por su vida, pero su arrogancia era mayor, no creía que yo lo atacaría tan pronto. En el fondo guardaba una esperanza: que por su alta investidura de ministro, a mí se me arrugara. Qué poco me conocían. Grave error, no era consciente de lo que me había hecho. No pensar antes de actuar le costaría la vida.

El 30 de abril de 1984 me levanté en la hacienda Nápoles a esperar el desenlace del operativo contra el Ministro. Mi mano lo alcanzó sobre la avenida 127, al norte de Bogotá. Una ráfaga de ametralladora sobre el cuerpo de Rodrigo Lara Bonilla fue suficiente. Mi paraíso de diversión ahora me servía para ocultarme y esperar la confirmación de la noticia por las emisoras de radio. Escuché el “¡Extra!” sin inmutarme, tenía claro lo que se venía.

¿Pero sabe qué es lo que más me sorprende después de cinco años de guerra? –me dijo Pablo. Y él respondió:

–La irresponsabilidad de los políticos que me plantearon un conflicto y nunca se prepararon para él, dejaron a toda su infantería desprotegida, a mi merced. De todo este episodio la anécdota que más recuerdo sucedió a la salida de la Hacienda Nápoles después del final del Ministro. Mi avanzada, dos automóviles con radios que evitaban un encuentro con un retén policial o del Ejército, lideraban la salida de la hacienda. La respuesta del Gobierno podía ser fuerte. Era preferible un escondite en Medellín, en la finquita el Paraíso, en Envigado. Antes de atravesar el Monte del Loro, ordené parar en un pequeño restaurante al borde de la carretera para tomar una gaseosa. La noticia se repetía en todos los radios del país y el de aquel lugar no sería la excepción. El dueño del humilde restaurante me destapó el refresco y mientras buscaba unas galletas que le había pedido, sin llegar a reconocerme, exclamó:

– ¡Ese ministro si era muy bruto, meterse con Pablito!

Todos los héroes que secundaron al Ministro en mi contra hoy están “chupando gladiolo”. Tulio Manuel Castro Gil, el juez que me dictó auto de detención por la muerte de Lara Bonilla, lo mandé a “pelar” con ‘el Negro’ Pabón en Bogotá. Sume también al coronel Jaime Ramirez, quien se me metió literalmente a la cocina o a las cocinas, al acabar con Tranquilandia y Villacoca. Por otro lado, Gustavo Zuluaga Serna, el juez que me acusó de la muerte de los dos detectives del DAS, fue dado de baja por ‘Pinina’ aquí en Medellín. Su rutina era tan previsible como la misa de siete en una iglesia. Se movía sin afanes, como quien no espera la muerte.

Salía del Palacio de justicia en la calle Guayaquil, en pleno centro de la ciudad, en una vieja camioneta color naranja Renault 12. Cojeaba del pie derecho, tenía el rostro del juez de mármol y vivía para la justicia, pero ¡la de él y la del ministro! Ese día le tocó morir por ella. Ayudado por una muleta llegó hasta su vieja camioneta, abrió la puerta e introdujo primero la muleta que le sirvió por última vez. ’Pinina’ iba en un Renault 18 dos litros, lo acompañaba ‘Yuca’ con un revólver 44 mágnum. Lo siguieron a prudente distancia y a la altura de la Universidad Bolivariana, ‘Pinina’ le arrimó el carro y, ventanilla con ventanilla, lo despojó de la vida. Yo creo que ni se dio cuenta que le había llegado la hora. El juez no quitó la mirada de la vía mientras le disparaban.

–Huy ‘Patrón’, qué fresco ese juez, uno con una culebra como usted y tan campante por la calle –comenté.

Pablo se paró de la mecedora diciendo –Bueno “Pope”, ya son las cuatro de la mañana y lo que queda de este café con leche está helado. Espero que le haya servido la actualización, porque le resumí la génesis de mis problemas, que ahora también son los suyos

– ‘Patrón’, ¡yo con usted hasta la muerte! –exclamé–. Jefe, quedé picado con tanta historia, vale la pena otra trasnochada de estas, todavía falta mucho por saber. Toda esa historia suya en México, Nicaragua, Salvador y Panamá.

–Sí, mi hijo, otro día repetimos la tertuliada. Una cosa más, “Pope” –me dijo.

–Lo que ordene, ‘Patrón’ –le respondí.

–Mañana a la una de la tarde hay que recoger al senador Alberto Santofimio en la iglesia del parque el Poblado. Ahí lo va a estar esperando ‘el Santo’, pero el político, no uno de los de la iglesia –Me reiteró sonriendo. Llévelo al Bizcocho y allá nos vemos.

El asesinato del ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla fue un parteaguas en la historia reciente del país, pero más allá del lamentable magnicidio, las decisiones políticas que se tomaron a partir de su muerte fueron las que determinaron las fatídicas consecuencias. El presidente Belisario Betancourt Cuartas ordenó la extradición de colombianos a los Estados Unidos, por vía administrativa, para que fueran juzgados por sus delitos de narcotráfico. Esta decisión impulsada por los norteamericanos y apoyada por la gran mayoría de los políticos de la época, le marcó a Pablo Escobar un punto de no regreso de la ilegalidad. Lo acorraló, lo convirtió en un clandestino. Le dio un argumento de lucha ideológica a un delincuente común. Eso era Pablo en ese momento. Sin embargo el gobierno, en su profundo desconocimiento de la personalidad de Escobar y el alcance de su poderío, le dio un caballito de batalla al cual aferrarse, uno que no tenía antes de cometer el crimen del ministro. Escobar, un hombre de izquierda, admirador de Fidel Castro y el ‘Ché’ Guevara, la guerrilla M-19 y los movimientos revolucionarios centroamericanos, encontró en la lucha contra la extradición una justificación para su vida, una causa por la cual combatir hasta la muerte. Acabar con la extradición de colombianos a los Estados Unidos de América le dio sentido a su existencia para desgracia de todos los colombianos y el beneplácito del Tío Sam.

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Una respuesta to “La segunda confesión de Escobar a ‘Popeye’”

  1. osu 15 enero, 2013 at 7:54 PM #

    y agunos rinden homenaje a esos politicos corruptos por que es de saber que todos esos son una sarta de delincuentes con corbata que en su falsa moral porque estos no tienen moral no conocen siquiera que es moral dicen perseguir a los malos y a los que ponen en peligro a la sociedad cuando en realidad son estos los verdaderos malos los delincuentes los corruptos ¿quien les sigue a ellos? si en las sociedades hay bandidos y delincuentes como ellos dicen sinicamente es por culpa de ellos que matan de hambre a la sociedad los ricos que son estos politicos que se enquistan en el poder como si fuera una herencia abuelos padres hijos todos que se creen con derecho de enquistarse en el poder y vivir a costa de la sociedad mediante los impuestos y empobreciendo mas a la sociedad que ya no sabe de donde sacar recursos para poder sobrevivir

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