Confesiones de Pablo Escobar a ‘Popeye’

24 sep

por MAURICIO ARANGUREN

Tenía doce años de edad y cinco días cumplidos la mañana en la cual descubrí que por mis venas corría sangre fría. Ese jueves se parecía a cualquier otro, pero no fue igual. A la salida del colegio, ante mis ojos y frente a mi heladería favorita, fui testigo de cómo dos hombres, machete en mano, se enfrentaban a muerte. Uno de ellos se resbaló y allí, al borde mis pies y mi niñez, con sevicia, uno le dio al otro un machetazo en la yugular. La sangre salía a borbotones. La gente se escondía ante el horror. Pero yo no. No corrí. La sangre me fascinó. Esperé hasta que la victima falleciera y el victimario comenzara a huir. La larga lámina del arma, plana y brillante, casi medieval para mi inocente mirada, quedó manchada del color rojo oscuro de la sangre derramada. La mano de aquel tipo temblaba sin dejar de aferrarse al mango del machete. Salpicado de muerte, el hombre se vio sorprendido por mi impávida presencia, no me quitó los ojos de encima durante unos segundos, casi eternos.

Yo le sostuve la mirada hasta que escapó. Caminé a paso lento, despacio y en silencio me fui a casa. Así perdí la inocencia y volví a nacer para el mundo que me tocó vivir, no aquel que mi madre soñó para el pequeño Jhon Jairo Velásquez Vásquez, sino el que me encontré en la calle y en lo más profundo de mi condición humana. A partir de ese día, yo ya no fui el mismo. Poco a poco y sin notarlo, comencé a transformarme en ‘Popeye’.

Mi primera misión para el Cartel de Medellín no parecía muy emocionante, sin embargo tuve mi recompensa justo ese mismo día. Llevé a Elsy Sofía hasta una lujosa casa construida al filo de la montaña que rodea el valle de Aburrá por el oriente, la cara moderna de la ciudad, el lugar más exclusivo de Medellín: el barrio el Poblado. Mientras uno sube es inevitable mirar al otro lado, a la montaña del frente, la comuna nororiental, el lugar donde se aprende a ser un matón. La escuela de sicarios más famosa del mundo.

‘Popeye’ entró por primera vez a la Hacienda Nápoles para arreglar un toro mecánico de Pablo Escobar. Por entonces era sólo un electricista.

Por ser la primera vez, Elsy me indicaba en qué esquina girar, por dónde subir o bajar. No debía importarme lo que ella iba a hacer allí, menos el lugar; sin embargo, al acomodar el retrovisor y admirar sus ojos azules, su cabello rubio y sobre todo las dos bellezas que se asomaban por el escote de su blusa, lo pude intuir y hasta imaginar. Cuando se bajó de la camioneta, fue inevitable contemplar cómo sus pies desnudos, perfectos, desfilaban ante mi indiscreta mirada entre unas delicadas sandalias rojas.

Aunque la mujer tenía finos modales y se le notaba la clase, –era la Reina Nacional de la Ganadería de aquel año–, para mí era igual a todas las hembras con las que crecí en el barrio. Las conocí bien, con ropa de trabajo y sin ella. Y, sin lugar a equivocarme, les aseguro que mujeres como ésta pueden ser, al mismo tiempo, el paraíso y el infierno de cualquier hombre.

La recuerdo de manera fugaz por ser mi primera patrona, pero si confesara cuales fueron las mujeres que marcaron mi vida en la mafia, nombraría sólo dos: Wendy y Ángela María. Wendy me enseñó que las hembras en la guerra son más peligrosas que un balazo en el pecho. Con Ángela María entendí cómo un amor platónico al convertirse en realidad puede terminar siendo, al final, la peor de las pesadillas.

Elsy Sofía me ordenó esperarla dentro de la camioneta y eso hice. Observé desde allí los alrededores de la casa. No había pasado un cuarto de hora y como un fantasma, de la nada, apareció ‘el Patrón’ en persona. Era el mismo Pablo Emilio Escobar Gaviria. ‘El Patrón’ se acercó hasta la camioneta y puso su mano derecha sobre la puerta. El vidrio estaba abajo. Mirándome a los ojos me preguntó:

–¿Y usted quién es?

– Yo soy ‘Popeye’, el chofer de Elsy, la señorita que acaba de entrar – le contesté emocionado, mirándolo bien fijo y a los ojos; sin dudas. Pablo dejó ver una leve sonrisa, pero una muy leve, apenas si la dejó aparecer. Se separó de la camioneta y entró a la casa. Pude notar que yo le había caído bien; bueno, eso creo, por lo menos le hizo gracia que tratara de señorita a una de las muñecas de la mafia, que de señoritas poco.

Después de ver un enfrentamiento a sangre, Jhon Jairo Velásquez Vásquez comenzó a convertirse en ‘Popeye’.

En el cartel, un bandido entra recomendado por otro bandido, pero en mi caso no hubo espaldarazo de criminal alguno. Como chofer y guardaespaldas de Elsy Sofía, fui conociendo la organización al frecuentar los escondites de Pablo. Yo acompañaba a la novia de ‘el Patrón’ hasta altas horas de la noche; ella hacía lo suyo y yo lo mío: esperar. Popeye iba a durar más que Elsy Sofía al lado de Escobar, eso lo tenía bien claro, es que en mi barrio lo veía todos los días: un ‘duro’ cambia de muñeca cada fin de semana y algunos a diario. Mis respetos para aquella hembra, debió ser muy buen polvo para que prolongara su relación con Pablo durante dos años. Lo suficiente para que ella consiguiera apartamento y carro, y yo, por mi lado, me diera a conocer, comentara mi experiencia como aspirante a cadete de la marina nacional, sub oficial de la policía y matón a sueldo. Suficientes cartas de presentación para comenzar a trabajar directamente con el capo de capos.

Cuando acepté el empleo, lo hice de inmediato y sin dudarlo; así fue como se comenzó a definir mi vida, de la manera más simple e inesperada pero con la precisión de un reloj suizo. Yo aún no estaba preparado para comprender las consecuencias de mi decisión. Mucho menos el signo cruel de la fatalidad.

El paso definitivo a las filas de Pablo Escobar ocurrió durante los primeros meses del año 1986, después del accidente en helicóptero de Elsy Sofía y ‘el Jefe’. Venían de una playa privada en el Pacífico colombiano frontera con Panamá, cuando el motor de cola de la nave falló y el aparato se precipitó a tierra. Cayó sobre un árbol frondoso y la cabina quedó suspendida entre las ramas, mientras los ocupantes fueron expulsados por el impacto a un lodazal que rodeaba el árbol.

De manera asombrosa, tal y como sucedió hasta el final de sus días, Pablo Escobar contó con una suerte casi diabólica. Salió ileso. No tenía un sólo rasguño en la piel, ni un chichón en la cabeza, nada. ‘El Patrón’ tuvo más vidas que un gato. En cambio el piloto quedó mal herido y alias ‘la Yuca’, uno de los guardaespaldas que lo acompañaba, tuvo fractura abierta de fémur. Elsy Sofía se quebró el brazo izquierdo. Para suerte de los heridos cada vez que ‘el Patrón’ viajaba en helicóptero siempre lo escoltaba una nave más de su flotilla. En el segundo aparato venía alias ‘Otto’, quien recogió a los heridos y, junto a Pablo, los trasladó a la Clínica las Vegas, en Medellín.

En 1989 el Cartel de Medellín puso una bomba en un avión de Avianca. Murieron 110 personas.

Elsy Sofía frecuentó al Patrón varias veces después del accidente, pero enyesada perdía el encantó. La relación se acabó y de inmediato el mismo Pablo me incorporó a su grupo de guardaespaldas. Este fue el día más importante de mi vida, mi ingreso al mundo de la mafia criolla. Yo pensaba: ya estoy en la nómina de Pablo Escobar. ¡Soy parte del Cartel de Medellín!

En mi barrio se regó la noticia como pólvora, mis amigos murmuraban: “A Popeye lo matan este año”. Y qué irónico, quienes me auguraron la peor suerte, hoy están muertos. Esa ha sido mi constante, ser un sobreviviente.

Consideren este testimonio un milagro, no sé cómo no me han matado antes de contar mi verdad. Aquí me atrevo a confesar los crímenes que cometí y algunos más por los que otros bandidos, tan culpables como yo de una década llena de sangre traición y muerte, deben responder ante la justicia o por lo menos frente a la opinión pública.

Su ascenso en el Cartel fue vertiginoso, en sólo dos años, pasó de manejar el carro de una muñeca de la mafia a ser uno de los hombres de confianza de Pablo Escobar. El 16 de enero de 1988 realizó su golpe más célebre como miembro del brazo armado de los Extraditables: el secuestro del expresidente de Colombia Andrés Pastrana Arango, entonces candidato a la alcaldía de Bogotá. Cuatro días después, se encontraba solo con Pablo Escobar. Esa madrugada lo acompañó en su refugio favorito. Si algo recuerda ‘Popeye’ con precisión son esos momentos de intimidad que pasó al lado del capo de capos.

–Con Pablo, no todo fue bala– dice ‘Popeye’ y evoca con una precisión sorprendente, las extensas y apasionantes tertulias junto al que en ese momento de su vida era el hombre a emular.

El día que conocí a Pablo Escobar

Hacía las dos y treinta de la madrugada, Pablo sufría del antojo más raro que le conocí a mafioso alguno. Raro, por lo simple, lo extravagante era lo normal durante el auge del narcotráfico, lo sencillo era lo extraño. Su deseo más recurrente era fácil de complacer.

–¿La señora de la cocina dejó arroz hecho? –me preguntaba–. Como siempre, ‘el Patrón’ le respondía:

–Prepárate comida para los dos, vos sabes qué me gusta –me decía.

Este diálogo era casi un ritual, ocurría cuando la servidumbre dormía y ‘el Patrón’ me pedía que le cocinara. Su comida favorita nunca fue un plato francés minúsculo y bien decorado, tampoco una langosta rolliza, menos el caviar; su gusto era tan sencillo como Pablo, le encantaba el arroz con huevo.

Yo prendía el fogón, echaba cuatro huevos en una paila y justo antes de verlos freír, les deslizaba encima el arroz, revolvía todo con un poco de sal y quedaba delicioso. En otra parrilla calentaba dos arepas. El vaso de leche caliente no podía faltar. Media hora más tarde él interrumpía la conversación y me decía: estoy antojado de un café con leche, pero como el que vos sabes hacer: batido en licuadora, bien espumoso.

Cuando no teníamos a la Policía detrás, Escobar se acostaba en la madrugada y solía levantarse a las doce o una de la tarde. ‘El Patrón’ fue un trasnochador empedernido y también un amante fogoso. Nunca bebió licor en exceso y en la cama siempre fue un caballero con las mujeres, fuera alguna de sus amantes o una simple prostituta de las muchas que nos acompañaron. Jamás lo vi borracho y no me tocó una orgía con él.

‘Popeye’ se encuentra recluido en la cárcel de Cómbita, en Boyacá.

Si todo iba bien y el ambiente era propicio, Pablo se relajaba con un ‘cacho’ de marihuana, le daba dos o tres pitazos y lo pasaba con una o máximo dos cervezas, nada más. Las muñecas de la mafia llegaban y el compartía un rato con sus amigos o llegado el caso con nosotros, pero luego escogía a la mejor y se la llevaba para el cuarto.

Escobar sólo tuvo tres amantes. Las demás mujeres fueron de paso, hembras para una noche o un fin de semana. Eso sí, todas hermosas. Por su cama gatearon desnudas reinas de belleza, modelos, presentadoras de televisión, deportistas, colegialas y mujeres del montón que acostumbraban ir a las dos discotecas de moda en Medellín, Acuarios y Kevins. Fue la época de oro de las mujeres paisas, cuando aún tenían las tetas originales y el resto sin cirugías. La que era hembra, lo era de verdad. Pablo tuvo morenas, blancas, trigueñas, pelirrojas y casi no repetía, era raro ver a la misma muñeca dos o tres veces.

La única perversión que le conocí, si así se le puede llamar, fue su fascinación por la pérdida de la virginidad de una mujer heterosexual con una lesbiana experimentada. Tenía una celestina que le conseguía mujeres dispuestas a experimentar por primera vez los besos y las caricias de otra mujer, hasta lograr orgasmos múltiples. Las sedientas lesbianas atacaban a las novatas con lujuria. Cuando al ‘Patrón’ le ofrecían un show lésbico tradicional él lo rechazaba, lo suyo era esa experiencia intensa e irrepetible para una mujer.

Me imagino que le gustaban los tríos, digo, me imagino porque lo que les cuento lo supe de suboca, pues estos encuentros pasionales eran privados.

–Patrón, aquí está el cafecito como le gusta –le dije.

Luego de entregarle el espumoso café con leche, y ya que veníamos hablando de mujeres, aproveche para comentarle lo que me había sucedido con el ‘Kit de carretera’, así le decíamos al maletín donde ‘el Patrón’ mantenía un pene con dos cabezas y demás aditamentos para los juegos
lésbicos.

–Jefe, se acuerda de la última fiesta con chimbas.

–Sí, ¿por qué?

–Usted me mandó por el ‘Kit de carretera’ y antes de llegar al escondite me paró la policía en el reten de la avenida las Palmas. Me esculcaron el baúl del carro y ahí mismo pegaron el brinco: !Y esto! Yo los miré haciéndome el apenado, les dije que eso era de mi patrona y soltaron la carcajada.

–Y qué pasó después –me preguntó Pablo.

–Nada, me dejaron pasar pero antes de montarme al carro me dijeron con ironía: ¡pero pasa maluco su patrona!

–Hombe, ‘Popeye’, pobre doña Tata, usted haciéndola quedar mal por la calle, si María Victoria es una santa.

–No, patrón, no me refería a su esposa –le dije. Ahora sí tenía vergüenza de verdad, pero él lo había tomado en son de chiste.

–A ver Pope, con las únicas mujeres que he usado el ‘Kit de carretera’ han sido patronas suyas, son Elsy Sofía y la loca de la Wendy. Ah, espere, ahora caigo en cuenta, usted nunca trabajó para Wendy. Sólo para Elsy.

–Patrón, ¿y cuánto duró con Elsy Sofía? –le pregunté.

–Casi dos años. Hasta que le entró la ambición.

–¿Cómo la ambición?

–Usted conoció el apartamento de lujo que le tenía en el poblado, los carros, las joyas y los viajes que le di.

–Sí, claro que me acuerdo del palacio donde ella vivía, –le dije.

–Bueno, al final no estaba conforme y me pidió lo imposible. Después del accidente del helicóptero, con el brazo enyesado y todo, se le ocurrió ponerme un ultimátum:!La Tata o yo!

Obviamente seguí con mi esposa. ¡Ni guevón que fuera! a María Victoria la conocí cuando yo no tenía un peso en el bolsillo, en esa época me quiso pobre y sin plata, y ahora rico y con problemas me sigue queriendo igual. Eso es amor. Y pensar que yo la enamoré dedicándole canciones y regalándole chocolatinas. En cambio esta vieja me conoció con dinero y poder; no estaba claro qué tan enamorada estaba de mí o del mito Pablo Escobar.

–¿Y si a Elsy le entró la ambición, qué le pasó a Wendy? –le pregunté.

–A Wendy le picó el mismo bicho, aunque a ella le dio algo peor: celocitis aguda , casi mortal. Cuando me veía con otra mujer me tiraba el carro. Estaba tan loca que una vez se atrevió a chocarme y hacerme un escándalo en plena calle. Se le corrió la teja. Me tocó amenazarla: ¡Si me sigue persiguiendo se muere! –le dije– pero por un oído le entró y por el otro le salió. Esa es una mujer intensa en todo el sentido de la palabra. No la mandé a pelar porque encontré otra forma para alejarla de una vez por todas.

Pablo se quedó pensativo, su penetrante mirada se fue al vacío y tomó otro sorbo de café con leche. Sentí que ese tema se había cerrado y nunca pregunté qué método usó para apaciguar a la fiera en la que Wendy se había convertido. En la mafia hay cosas que es mejor no saber ni preguntar, aunque ese dato, tiempo después, me hubiera ahorrado un gran dolor de cabeza. Todo lo malo y lo bueno de esta mujer se me revelaría de la peor manera posible para un hombre enamorado. Más adelante lo descubrirán y me darán la razón.

Acompañé a Pablo en su silencio y cuando lo consideré prudente cambie el tema, le hice un comentario sobre su creciente guerra contra la extradición de colombianos a los Estados Unidos.

–Patrón, y hablando de todo como los locos, las declaraciones más duras contra usted, son las del senador Luis Carlos Galán. Ese político no sabe el enemigo qué se está echando encima –le dije.

–Galán está atizando una vieja hoguera, el tiene una deuda conmigo pero mientras no sea un presidenciable con opción, no vale la pena saldarla.

–Patrón, ¿cómo comenzó la pelea entre usted y Galán?

–Traiga otro café con leche y lo actualizo –me dijo. Pablo me contó los antecedentes de una guerra en la que yo tendría mucho que ver, pero a la cual llegue muchos años después de iniciarse.

–Todo comenzó cuando a Luis Carlos Galán se le ocurrió hacer política destruyendo mi corta carrera de congresista, ¡es que no había comenzado y ya Galán me estaba casando la pelea! –exclamó Pablo, bebió otro poco de café, y continuo sin pausas.

–El dos de febrero de 1982 el líder del Nuevo Liberalismo descalificó la lista del Movimiento de Renovación Liberal de Antioquia que me incluía a mí en el primer renglón de suplencia para el Congreso. El principal era el político Jairo Ortega. El golpe fue duro, yo compartía los ideales del Nuevo Liberalísimo, de hecho nuestro movimiento estaba avalado por Luis Carlos Galán, pero después de la descalificación quedamos muy mal parados ante la prensa, ¡aunque jamás ante la gente! El pueblo antioqueño estaba con nosotros. La carta de Galán dirigida a Jairo Ortega fue una declaración de guerra, palabras más palabras a menos, decía algo así: “No podemos aceptar vinculación de personas cuyas actividades estén en contradicción con nuestras tesis de restauración moral y política del país. Si usted no acepta estas condiciones yo no podría permitir que la lista de su movimiento tenga vinculación alguna con mi candidatura presidencial”.

El movimiento lo financiaba yo y Jairo no tuvo otra opción que buscar otro movimiento liberal al cual adherirse para poder continuar con la campaña hacia el Congreso. La reacción fue inmediata, al instante nos vinculamos al movimiento Alternativa Popular, que presidía ‘el Santo’, el senador Alberto Santofimio Botero, rival político y generacional de Galán dentro del liberalísimo.

Luis Carlos Galán libró una dura batalla contra Pablo Escobar.

Todas mis propiedades, incluyendo la hacienda Nápoles, los aviones y helicópteros, fueron puestos a servicio de Santofimio y nuestro grupo político. Luego Galán volvió y atacó, esta vez en mi propia casa. En una manifestación política en Medellín me repitió la dosis, y a mí me tocó aguantarme el ‘barillazo’. Ante tal golpe político, y en plena campaña sólo se me ocurrió decir que era un asunto normal en una contienda electoral.

Le di la vuelta a la crítica porque le eché la culpa a la oligarquía, a los políticos de siempre que sólo rajaban, comían prójimo y no hacían nada. En cambio yo sí tenía algo qué mostrar, todas mis obras, las canchas de fútbol, el polideportivo, los barrios de trescientas casas que construí y la ayuda que le di a la gente a través de mi fundación ‘Civismo en marcha’ y ‘Medellín sin tugurios’. Mientras más palo nos daban, más plata le invertía a la gente pobre. Desde enero de 1979 yo venía aliviando el hambre del pueblo antioqueño. Muchos habitantes vivían en los basureros de la ciudad; otros eran obreros. Era una base fuerte, las clases menos favorecidas me veían como su benefactor y salvador.

–Huy, ‘Patrón’, yo me acuerdo de eso, y no se me olvidará nunca cuando en la revista Semana le decían a usted en la portada: ‘El Robin Hood Antioqueño’. Aún no tenía el gusto de conocerlo, Patrón; sin embargo ya lo admiraba a la distancia. La primera vez que hablamos fue cuando era conductor de Elsy Sofía, pero la primera vez que lo vi a usted, acababa de salir al balcón de su casa en la hacienda Nápoles. Yo estaba recién retirado de la policía y sin hacer nada, hasta que me salió un puesto de ayudante de electricidad. Una vez me tocó arreglar el toro mecánico que ‘el Patrón’ tenía en el centro de la piscina, usted se veía imponente con las dos manos apoyadas en el barandal y divisando ese paraíso. Desde ese largo balcón se veía todo su zoológico.

–No exageres hombre, Pope, la hacienda es muy grande como para poder verla desde un solo lugar, pero mejor no nos salgamos del tema. El cuento es que Luis Carlos Galán ganó una curul en el Senado de la república y así quedo planteada la guerra en un terreno que nunca me fue favorable, un lugar al cual nunca pertenecí, al que quise entrar y no me dejaron. Yo era un novato en el congreso y Galán estaba en su salsa, era su territorio.

–Patrón, con todo respeto y perdone que meta tanto la cucharada, ¿sí es verdad que al llegar al capitolio, se le olvidó llevar corbata y como allá sólo puede entrar uno disfrazado de pingüino, le tocó pedir una prestada? –le pregunte sonriendo, traté de suavizar mi impertinencia.

–El que le contó el chisme no miente. Así fue –me contestó de buen humor. Yo iba muy bien vestido pero sin corbata, nunca me gustó usarla, además con el tiempo se convirtió en el símbolo de mis enemigos, los políticos a las órdenes de la DEA y no al servicio de los colombianos.

Alberto Santofimio, por entonces uno de los políticos con más proyección, fue muy cercano a Escobar.

Luis Carlos Galán y su escudero, el ministro de justicia, Rodrigo Lara Bonilla, fueron los primeros. En el congreso me hicieron la vida imposible, escarbaron en mi pasado y me humillaron en público, acusándome de asesino y narcotraficante. Ellos, junto a los gringos, fueron los autores intelectuales de mi única derrota en la vida: mi salida a sombrerazos de la Cámara de Representantes. Lograron sacarme, me ganaron una batalla, ¡más no la guerra!

Antes de iniciarse el ataque político de Galán y su gente en el Congreso, yo combinaba las actividades de narcotráfico con las de la política y gozaba de inmunidad parlamentaria. En Medellín había comprado los mejores lotes del barrio El Poblado. Allí construí muchos edificios, entre ellos el mío, el famoso edificio Mónaco, donde fijé mi residencia en el penthouse; el resto del edificio me gusta mantenerlo desocupado, a excepción del apartamento de ustedes, la escolta de mi familia y, por supuesto, mis hombres.

Yo había llegado a la política precedido de un gran número de inversiones en la vida económica de la ciudad. Gran parte de la élite paisa, los poderosos de la ciudad, en un comienzo me permitieron el ingreso a la vida política y económica, más por conveniencia que por miedo.

–¿Dígame a qué paisa no le gusta el billete, ‘Popeye’?

–A todos, Patrón, les gusta tanto o más que la arepa –le contesté.

Pablo continuó sonriente.

–Yo invertía gran cantidad de dinero en propiedad raíz. La construcción se disparó y la propiedad se encareció. Los banqueros me buscaban para que moviera mi dinero en los bancos. La plata de la droga cambió la vida de la ciudad y una nueva clase social emergió sobre los ricos tradicionales, quienes nos buscaban para vendernos sus quebradas industrias y sus tradicionales propiedades al triple de su valor real. Nosotros pagábamos en efectivo, contante y sonante. A ellos les encanta la platica que huele a nuevo, en especial si son verdes. Los automóviles de lujo no eran exclusividad de los mismos de siempre. Las discotecas se convirtieron en lugar de encuentro entre nosotros y las más bellas mujeres, la mayoría de ellas se dejaban tentar por cuanto mafioso aparecía, algunos “traquetos” fundaron los más ostentosos sitios de baile y comenzó una desaforada cultura consumista. Uno de esos efectos raros que tuvo la abundancia de dólares en la ciudad, fue que a los centros comerciales terminaran llamándolos Malls, como les dicen en Miami. La cultura del dinero fácil invadió la ciudad.

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